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La Profesora.

LA PROFESORA I

Siempre soñé con ser profesora de escuela. Desde que yo misma era una estudiante de enseñanza media decidí que mi vida sería dedicarme a la formación de chicos y chicas para enfrentar los retos del mundo y poder desarrollarse como personas de bien, útiles a la sociedad y con los valores necesarios para ello. Yo misma era una alumna destacada y, aunque esa situación me trajo algunos disgustos con compañeras que pensaban que una iba a la escuela como a un club, debo decir que me sentía y me siento muy orgullosa de ello. No obstante tuve que soportar alguna vez las pullas de, nunca faltan, alguna desadaptada. Sin embargo no me importaban en lo absoluto ya que estaba segura de que mas tarde la vida me daría la razón procurándome la oportunidad de desarrollarme como profesional y persona de bien en la carrera que había escogido y que tanto me gustaba.



Ingresé a la universidad en uno de los primeros puestos y, aunque suene presumido que yo misma lo diga, hice una carrera brillante, siempre en el quinto superior, y al final de ella incluso becada, por lo que el último año no le costó un centavo a mis padres. Por supuesto que tuve que sacrificar cosas y postergar alguna afición con vistas a mi principal objetivo, que era titularme con honores, pero todo lo soportaba bien pensando que pronto me vería recompensada con mi sueño cumplido. Ni que decir tiene que mis padres estaban orgullosísimos de mi y a mi me encantaba darles siempre toda clase de alegrías.

Una de las cosas que mas me costó sacrificar fue mi relación de pareja con mi novio Juan, un chico estudioso y bueno que conocí en la facultad y al que amaba, pero que quería tener relaciones sexuales conmigo, como yo pensaba que eso perjudicaría mis estudios me negaba siempre a ello alegando que mas tarde tendríamos tiempo para todo. Al final se enfadó mucho y me dejó diciéndome cosas muy desagradables que no es el caso repetir. Yo entendí su frustración y no le guardo rencor, pero tenía muy claro lo que quería en la vida y no lo iba a cambiar por nada, ni siquiera por él. Después de eso sencillamente rechacé a cuanto pretendiente se me acercó ya que sabía que la relación terminaría mal dadas mis prioridades. Fue un poco m*****o porque en mi país ser rubia es una especie de imán para los hombres, de manera que tuve que construir una imagen de chica seria que no se permite nada para que me dejaran en paz. El último año, mi año de becada, me lo pasé en las aulas, en el gimnasio, en la biblioteca y en mi casa estudiando.



De esta manera para nadie fue una sorpresa que me recibiera con honores, e incluso diera el discurso de orden el día de la clausura, sin embargo en la fiesta correspondiente yo era la única que no tenía pareja. De todos modos estaba feliz y no me importaban las miradas de suficiencia de mis compañeras quienes, yo lo sabía, se burlaban soterradamente de mi virginidad y mi dedicación al estudio.



Como no podía ser de otra manera me ofrecieron de inmediato el empleo de profesora de Literatura e Historia, en una de las escuelas privadas más exclusivas de mi país, puesto que acepté sin pensarlo dos veces. La vida empezaba a darme las satisfacciones correspondientes y yo ya tenía trabajo al día siguiente de haber egresado de la universidad a los veintidós años de mi edad cumplidos, mientras mis compañeras, mucho mayores, tendrían ahora que empezar la ruta de enviar curricula, realizar entrevistas, escuchar rechazos, hasta encontrar un puestito morroñoso en cualquier escuelita fiscal.

Me trasladé a la ciudad donde estaba ubicada la escuela y alquilé un departamento pequeño pero muy cómodo, de una sola habitación, suficiente para mí. Al día siguiente me presenté a la entrevista con la directora, yo había sido contratada por una comisión, de modo que no la conocía. Era una señora muy buena moza de unos cuarenta años. Me causó una grata impresión con sus lentes de montura gruesa y negra y el cabello recogido en un moño en la nuca, se notaba que bajo el traje sastre poseía un hermoso cuerpo muy voluptuoso, pero no perdía su aire serio, poco amigo de las bromas. Me gustó saber que era soltera porque creí reconocerme un poco en ella, he aquí alguien como yo, pensé.



Recogí en la administración el uniforme de la escuela que era un traje sastre de color azul como el que usaba la directora, miss Norma. Una vez en mi casa después de probármelo pude comprobar que no me habían tomado bien las medidas ya que la falda me quedaba definitivamente alta hasta medio muslo y con los tacos me hacía lucir todavía peor ya que descubría y tensaba mis piernas y acentuaba la curva de los glúteos, la blusa no mejoraba las cosas ya que parecía una talla mas pequeña haciendo que mis senos se pronunciaran, marcándose notoriamente, el conjunto empeoraba con el saco que parecía hecho para destacar el busto que, encima, yo no tengo pequeño. Definitivamente así no podía asistir a mi primer día de clases de modo que llamé por teléfono a miss Norma y le expliqué el problema. Sin embargo, cual sería mi sorpresa cuando la oí decirme con voz autoritaria que el uniforme era absolutamente obligatorio, todo el uniforme, recalcó, y que no creía que yo fuera una persona, a mi edad, que estuviera con remilgos infantiles. Así lo dijo: "remilgos infantiles". Quedé un poco cortada, no quería tener problemas en mi primer empleo y menos con la directora, así que balbuceé cualquier cosa para salir del paso y le prometí que al día siguiente estaría puntual y correctamente uniformada para iniciar las clases. Cogí el portaligas con las medias blancas caladas y las braguitas y los miré con un poco de sorpresa, nunca había usado esas prendas y de hecho había decidido no usarlas, pero la última frase de miss Norma había sido demasiado enfática. Me probé todo quedando muy incomoda con esas braguitas que se me introducían por atrás y con las ligas que me hacían sentir un poco rara, para colmo de males al observarme en el espejo tuve la impresión de que la ropa interior se marcaba por debajo de la falda tan apretadita que llevaba, lo que destacaba mi derrier, lo que terminó de desanimarme más. Decidí ir así a mi primer día de clases pero hablar personalmente en administración para ver si me podían confeccionar otro uniforme más a propósito con la imagen de profesora que era conveniente.



Entré al aula con el rostro más serio que pude impostar, todos mis alumnos se pusieron de pie respetuosamente y me saludaron con un estentóreo: "buenos días miss Lucía", muy educaditos, pero yo no podía dejar de pensar que estaba vestida de una forma muy atrevida e incluso, si no se tratara de mi, que se me veía como una cualquiera. Cada vez que tuve que voltearme a escribir algo en la pizarra sentía que todas las miradas se posaban en mi trasero y mis muslos y cuando estaba de frente a ellos en mis senos, y lo peor es que no sólo de parte de los alumnos varones sino también de las mujeres, sobre todo de una chica muy lista y mona que se sentaba adelante y que me causó un grata impresión por sus preguntas acertadas durante la clase y por su interés evidente en el curso.

En fin así pasé mi primer día de trabajo y la verdad es que, poco a poco, me fui olvidando de mi aspecto y sacándome de la cabeza que los chicos pudieran tener alguna fijación de cualquier especie en mi cuerpo, para abocarme a mis cursos y entregarme por completo a ellos. Al final de la jornada cuando fui a la administración, la encargada apenas me vio me felicitó por lo bien que se me veía y por lo elegante que lucía el uniforme, de manera que me sentí un poco corta de decirle nada, luego cuando miss Norma me citó a su despacho para preguntarme por mi primer día de trabajo lo primero que me dijo fue que se me veía impecable y que me debía sacudir esa idea anticuada de la imagen de las profesoras: "ahora los chicos lo que necesitan es una compañera, una amiga, sobre todo a la edad de sus alumnos que oscila entre los 15 y 16", me dijo, "piense que están descubriendo recién muchas cosas en la vida y lo mejor es que sientan que pueden contar y confiar en usted", añadió. Esto terminó de convencerme y además hay que reconocer que no se me veía mal, al contrario, y como yo toda la vida me la había pasado ocultando mi cuerpo, pues pensé que lo mejor era dejarme llevar por quienes sabían más que yo y sólo pensaban en lo mejor para sus alumnos. Las siguientes semanas fui entablando una relación más cercana con mis chicos y empecé a identificarlos y a conocerlos mejor así como a ver sus características personales. Me gustó mucho mi grupo porque veía que eran chicos respetuosos y preocupados y que, aunque me quedaba claro que yo les gustaba físicamente, nunca tuvieron una palabra de más ni alguna nota disonante.

Como en toda aula habían los líderes, pero eran líderes bien intencionados y no bullangueros de modo que mis cursos transcurrían sin tropiezos. La líder de las chicas era la niña que ya mencioné y que se sentaba delante, en la primera carpeta, se llamaba María y ya era toda una señorita con el cuerpo casi desarrollado por completo, era muy bonita con esa piel tan blanca y el cabello negrísimo que hacían un bello contraste con sus ojazos verdes, y además buena estudiante de modo que yo estaba encantada con ella. El de los chicos, de nombre Carlos, era uno de los más pequeños del salón, cosa que me pareció algo extraña ya que a esa edad los chicos suelen admirar a los destacados en los deportes, a los de corte atlético, y este para nada parecía de ese tipo. Sin embargo era brillante y me alegró que (porque a eso lo atribuí) prefirieran un líder inteligente que a un bruto enorme.



Así fueron transcurriendo los meses sin nada notable que destacar, hasta que en una ocasión miss Norma se puso un poco mal. La encontré en su despacho con los botones de la blusa abiertos hasta la mitad. Según me explicó no podía respirar bien, se le había desordenado un poco el cabello, la verdad es que con el pelo suelto y sin ese moño tan severo, pues, se le veía muy guapa, y con las mejillas coloraditas mejor aun. Pensé que había tenido un disgusto porque poco antes había estado en su despacho mis alumnos María y Carlos, y que tal vez se había visto en la necesidad de reñirlos por algo y que eso la había puesto así, pero no me pareció adecuado preguntar. Le di un masaje con colonia en las sienes, como me pidió, y poco a poco se fue sintiendo mejor.



Desde mi posición, de pie detrás de ella, podía verla sentada en su sillón con la falda un pelín corrida hacía arriba, lo que permitía apreciar el inicio de sus portaligas, y la blusa desabrochada lo que dejaba al descubierto la comisura de los senos, y la verdad es que me sorprendió que una mujer tan hermosa hubiera llegado a los 40 años soltera, decidí que eso no me pasaría a mi y que, sobre todo ahora que había descubierto que mucha gente pensaba que era hermosa, mi dedicación a mi trabajo no intervendría en mi relación de pareja, cuando la tuviera. De pronto miss Norma tembló compulsivamente, tanto que yo me asuste y quise llamar a alguien por ayuda, pero ella me cogió la mano y apoyándola en su seno izquierdo me dijo: "no es nada, no es nada, ya pasó, mira como tengo el corazón". Efectivamente, se sentía muy agitado, galopando, pero eso en vez de tranquilizarme me preocupó todavía mas; "miss, usted no está bien", le dije, "déjeme llamar a alguien", pero ella se negó de nuevo y poco a poco fue volviendo a la normalidad, cosa que yo podía sentir porque seguía con mi mano sobre su seno. Salí de allí un poco perturbada por todo y sintiéndome yo también algo extraña, no sabía a qué atribuirlo, sentía las piernas un poco temblorosas y, cosa rara, mi corazón también se hallaba agitado, no podía sacar de mi mente la imagen de la directora tan desaliñada y sin embargo tan hermosa.



Volvía al salón de profesores cuando vi a Carlos sentado solo en el aula mirando, supuse, algún libro de texto. Decidí entrar y, como quien no quiere la cosa, ver si lograba sonsacarle algo que me pudiera dar una pista sobre lo que había ocurrido con miss Norma. No se percató de mi presencia hasta que estuve a su lado, entonces se mostró sorprendido e incluso abochornado, intentó ocultar el libro que estaba leyendo. Al percatarme de que estaba disimulando algo y de que lo había pillado en una acción sospechosa le exigí inmediatamente me entregara lo que había estado leyendo, lo hizo con un intenso rubor que cubría su rostro, y los ojos bajos. Como él es muy rubio se le veía muy guapo, no pude menos que sonreír un poco y acariciarle el cabello para tranquilizarlo, a esa edad los chicos se asustan por cualquier cosa pero no son capaces de hacer nada realmente malo, pensé. Cuando vi lo que había estado leyendo me quedé de una pieza; era una revista pornográfica, y de las más explicitas, según mi primera impresión. Me quedé estupefacta y debo reconocer que los colores me subieron al rostro, estaba furiosa, no atinaba a decir nada, al final perdí los papeles y sin pensarlo le propiné un bofetón, nos quedamos los dos callados, sin pronunciar palabra, yo con los brazos cruzados, parada con las piernas un poco separadas y tensas, sentía que mis muslos podrían romper la piel que los cubría, mirándolo a los ojos y él con las manos atrás, la mirada baja y gruesas lágrimas resbalando por sus mejillas.



Después de unos segundos me pareció que lo mejor era tranquilizarnos los dos: "toma asiento" le ordené. A mi mente venían las recomendaciones de miss Norma acerca de la necesidad de que nuestros alumnos nos tengan confianza y nos vean como amigos. Aquí tengo una gran oportunidad de ello, pensé. "Mira Carlos", le dije, "tu sabes que esto es una cosa muy grave y que con toda seguridad te expulsarían del colegio si yo hiciera lo correcto, pero creo que es un error propio de tu edad y no un vicio de tu parte, te voy a dar la oportunidad de que te enmiendes, pero debes prometerme que nunca mas volverá a ocurrir nada semejante, no sólo en la escuela sino en ninguna parte. Debes entender que las relaciones entre hombres y mujeres son producto de la comunión de sentimientos y propósitos o proyectos y no un impulso instintivo. Esta clase de lecturas sólo deformarán tu mente haciéndote ver a las mujeres como objetos sexuales y no como personas dignas de amor y respeto". Él no conseguía articular palabra, aunque se que entendió muy bien lo que le dije porque me abrazó con fuerza y apoyando su mejilla en mis senos dejó salir su llanto sin reservas, no pude menos que acariciarle un poco el cabello lacio y tranquilizarlo con palabras amables, al fin se calmó y, con la promesa de que nunca más volvería a ocurrir nada parecido lo mandé a su casa.



Me quedé un poco desconsolada, primero el malestar de miss Norma y luego esto, definitivamente la vida no era un lecho de rosas y parte importante del trabajo de nosotras las maestras, era manejar con tino esta clase de situaciones que pueden ser determinantes para el futuro de los educandos. Creía que había hecho bien, pero me hallaba exhausta y todo el cuerpo me temblaba, me pareció que lo mejor era ir al excusado y mojarme un poco la cara, el cuello, incluso los brazos, refrescarme, en una palabra, para luego ir a mi departamento.



Aunque ya era un poco tarde y casi no quedaba nadie en la escuela, preferí cerrar la puerta del baño con pestillo para poder quitarme la blusa con tranquilidad, sin temor de que entrara nadie y me hallara en esa facha y sacara falsas interpretaciones. Con mi pañuelo humedecido me froté el cuello, la nuca los brazos y los senos, me di una especie de masaje que me reconfortó mucho, ya me sentía mejor. Sentí ganas de hacer pis, como no corría peligro de que entrara nadie me senté en el water sin preocuparme de cerrar la puerta del compartimiento de modo que me podía ver en el espejo del cuarto que cubría toda la pared de enfrente. Casi sin darme cuenta cogí la revista de Carlos, me parecía mentira que un chiquillo tan tierno como él fuera capaz de consumir esa clase de productos. Por supuesto las fotos eran de lo más vulgares y grotescas, yo jamás había visto una revista así, pero era exactamente como me lo imaginaba; una completa basura. Me parecía increíble que chicas tan hermosas como la de la foto se prestaran a esa clase de sesiones fotográficas. Me fue inevitable ver el parecido físico conmigo, era una chica rubia y también de cuerpo generoso pero sin caer en excesos desproporcionados, yo estaba segura de que, de proponérselo, podría encontrar algo mejor que hacer, no hay duda de que algunas prefieren el camino fácil, pensé.



Comparé mis senos, que veía en el espejo, con los de la modelo y me pareció incluso que yo podría salir ganando, me los cogí con ambas manos y los levanté un poco, mis manos no podían contenerlos del todo, como nunca había realizado esas cosas no dejé de sentir un extraño cosquilleo nuevo para mi. Otra cosa que me llamó la atención fue la pareja de la chica, no soy racista, lo juro, sin embargo en mi país, lamentablemente, las diferencias sociales han postergado culturalmente a muchas etnias y una muy perjudicada es la de los hombres de color, es muy injusto y debemos trabajar para que esas diferencias terminen, pero por ahora es así, de modo que involucrarse con una persona de "color" es impensable para una chica bien educada. Sin embargo, en la revista, la modelo se permitía intercambios ya no con uno sino con tres representantes de dicha etnia, quienes, además, como todo el mundo sabe, gozan de físicos privilegiados. Eran evidentes los esfuerzos que hacía esa pobre niñita tan rubiecita para introducirse en la boca cada uno de los miembros viriles de sus alternantes, y luego, ser penetrada por los tres a la vez, eso me pareció del todo inaceptable, ella sobre uno de ellos, otro penetrándola por atrás y el otro introduciéndole el pene en la boca, una imagen por demás desagradable.



Había terminado de orinar por lo que procedí a limpiarme, cuando me pasé el papel higiénico noté un estremecimiento por todo el cuerpo que me vino desde la punta de los dedos hasta el cerebro, pasando por mis pezones que notaba extrañamente endurecidos, me miré en el espejo del frente; allí sentada, sin blusa ni brassier, con las bragas bajadas hasta los tobillos, la falda subida para poder orinar, las portaligas, las medias blanquitas y caladas tenía una imagen muy singular, miré de nuevo la revista y concluí que parecía una actriz de esas, empecé a recorrer con mis manos mis muslos y luego mis senos, jamás me había sentido así, era como un rapto, yo no era yo, luego cogí mis senos y los llevé hacia arriba, con la punta de mi lengua acariciaba mis pezones, me llevé una mano a mi sexo y empecé a frotarme el clítoris, estaba completamente desconocida y no podía parar, gemía, "soy una puta", me dije en vos alta, "quiero ser penetrada por todos lados". De pronto tuve un estremecimiento que conmovió todo mi cuerpo, mis pezones se endurecieron aun más, cosa increíble, las puntas salían hacia delante como lanzas, mis músculos se tensaron, tuve que cerrar mis piernas, pero sin retirar mi mano de donde la tenía, sentí que mi mano se llenaba de un líquido abundante y viscoso que increíblemente yo expulsaba, con la mano libre me tapaba la boca para no gritar, sudaba y lagrimas se escapaban de mis ojos.



Quedé rendida, estaba sentada en el water con la faldita recogida a modo de un cinturón y sin nada más que las medias y las portaligas y no podía pararme, me quede un rato allí mientras me recuperaba y luego me vestí muy avergonzada por haberme permitido semejante rapto de sensualidad ¡me había masturbado por primera vez en mi vida! ¡y en mi centro de labores, todavía! Estaba desolada y me sentía absolutamente culpable. Me vestí como pude y salí rapidito hacia mi departamento. Una vez allí me di un reparador baño y me metí a la cama, gracias a Dios al día siguiente era sábado de manera que podría descansar todo el día, dormí de un tirón, lo que no es de extrañar si se considera que jamás había pasado por una experiencia semejante.



Al día siguiente me levanté algo tarde, mientras tomaba un café en pijama en la cocina ojeaba la revista de Carlos y no podía menos que sentirme muy inquieta por las imágenes que veía, ahora prestaba mas atención a los detalles, a los labios de la chica alrededor del pene, a sus senos siendo succionados por dos personas a la vez mientras un tercero le besaba el sexo, a sus ojos, a su rostro lleno de semen. De pronto sonó el timbre del departamento, cosa muy extraña porque yo no recibía visitas, habían dejado correspondencia, un sobre grande, no tenía remitente. Cuando lo abrí casi me caigo de espaldas; eran un montón de fotos mías en el baño, desnuda, despeinada, masturbándome, besándome los senos, mirando la revista pornográfica, convulsionando, gimiendo, llorando, metiéndome el dedo. Y todo con una fidelidad increíble, obviamente habían usado varias cámaras desde distintos ángulos, incluso de arriba ya que se me podía ver observando la revista y también se podían ver las fotos de esta. Yo estaba aterrada, en eso sonó el timbre del teléfono, contesté, una voz que reconocí de inmediato me dijo: miss Lucía ¿ya tiene sus fotos? yo permanecí en silencio. ¿Si? prosiguió la voz, pues entonces vamos para allá. ¿Vamos? Atiné a decir. Sí, vamos todos, me contestaron para después colgar. (Continuará)
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Comentarios 2
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Exelente historia muy bien narrada,no habia disfutado de un relato tanto como este
28 días atrás
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Wooow que buen relato, super excitante, espero con ansias la continuacion.
29 días atrás
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